El sueño eterno

Lucas Alario estaba arrodillado en la esquina de la cancha y tapaba su rostro con las manos. La imagen de su familia se anteponía por sobre otro pensamiento en su cabeza. Lo aturdía el griterío constante de más de 60.000 personas y no salía de su trance. Cuando lo vio petrificado en el césped, se acercó su asistidor a despertarlo. Leonel Vangioni le pegó unas palmaditas suaves en la cara, le sonrió y lo miró fijo. Cuando encontró la mirada de Alario, sus ojos le dieron el mensaje: "Despertá, que esto no es un sueño".

Alario festejando su gol ante Tigres. Gentileza: www.losandes.com.ar 
River obtuvo la tercera Copa Libertadores en su historia y uno de los responsables de este logro fue Alario. El pibe de 22 años, con sólo dos goles en el Millonario, ya quedó grabado en la historia del club y en la memoria de los hinchas. Una historia rara y loca, pero real. Alario llegó a River en julio y se metió a la hinchada en el bolsillo en un mes y chirolas. Ni él sabe cómo. O sí. Metiendo goles claves, claro. Debutó ante Temperley por el Torneo Local y los hinchas todavía desconfiaban del nuevo jugador. Algunos creían que le iba a pesar la casaca o que era muy joven. Ninguno de esos preconceptos lo afectó y terminó siendo determinante en la victoria de River frente a Tigres. El delantero santafecino fue indispensable con sus goles para lograr el título continental: metió el 1-1 en Paraguay ante Guaraní -cuando se ponía difícil el partido- y el 1-0 parcial en la final con los mexicanos. Con el número 13 en la espalda, despachó las dudas de los supersticiosos. "La yeta", como dirían los quinieleros, le dio suerte al "Pipi" para ganarse el amor de los riverplatenses. Otra particularidad que tuvo esta historia poco común fue que su primer tanto en el Monumental lo hizo en la final. Cuando parecía terminar el primer tiempo 0-0, vino la descarga emocional de los presentes. Metió el cabezazo, tras el centro de Vangioni, y se la mandó a guardar a Nahuel Guzmán. Después, entró en un trance como el nene de la película "El Resplandor". Todo parecía un film o una obra de teatro ficticia. Pero no lo era.

El rugido de las 60.000 almas lo sintió. Fue como estar acechado por leones. Pero por leones sedientos de goles. Y él había cumplido: les había dado de comer. Y de qué forma. Si se hubiesen ido al descanso 0-0, el nerviosismo los habría dominado en la segunda etapa. Pero el destino no quiso. Y Alario tampoco. Aprovechó la elegante maniobra de Vangioni para desmarcarse y desató la locura en Núñez. Salió corriendo en diagonal para la izquierda y no sabía cómo festejarlo. Rápidamente optó por abrazar a un compañero y aterrizar en la esquina de la cancha. Recibió los abrazos de la mayoría de sus compañeros de guerra y quedó atrapado en sus pensamientos. Ahí, quien lo rescató de ese trance emocional fue su asistidor. Vangioni volvió para atrás, lo buscó y le dio unas palmadas con su mano derecha. El gesto lo decía todo: "Despertá, que esto no es un sueño". O sí. Porque era de no creer que en tan poco tiempo hubiese hecho tanto. Dejaba a River a un tiempo de la gloria continental que no conseguía hace 19 años. Se iba a hablar de él cada vez que se mencionara esa copa ganada por el club. A partir de ese gol, cambiaría su vida. Cuando salió del sueño eterno que le propinó su propio tanto, cayó un poco a la realidad. Se levantó, volvió trotando a su campo y poco después finalizó el primer tiempo. Su vida cambiaría aún más cuando terminara ese partido.

Nadie sabe si Alario se convertirá en un ídolo de River, pero sin lugar a dudas ya dejó su sello marcado en la institución de Núñez. Su apellido nunca será olvidado. Ni siquiera cuando muera. El anhelo de todo jugador: quedar en el recuerdo positivo de los hinchas. Y Alario lo logró en menos de dos meses de estadía.



Leandro Xabier Maimó

Soy Técnico Superior en Periodismo Deportivo. Me recibí en 2014 en ETER, escuela de comunicación. Tengo 21 años, y soy ateo y apolítico. Humildad ante todo.

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